lunes, 18 de mayo de 2009

Angélica Gorodischer - CÓMO TRIUNFAR EN LA VIDA




a la memoria de Pedro Giacaglia

—Es una buena chica —decía yo.

Lo decía todos los días, probablemente tres veces por día cuando los demás se quejaban de que era lerda, distraída, medio opa, de que aparecía dónde menos uno se la esperaba porque caminaba como los gatos, y de que estaba siempre en el camino de alguien.

—Es una buena chica —decía yo, y agregaba para mí mismo: —Irremediablemente tonta la pobre.

Es que mi hermana mayor, el Señor la tenga en Su santa gloria, era insoportable: monstruosa, indescriptiblemente insoportable. Mi hermana mayor, doña Raquel del Santísimo Rosario Fidanza Rojas de Garay Elgorralde, Raquelita para las amistades, y Quelita para los íntimos, era mandona, gritona, mal educada, desconfiada, maliciosa, avara, fanfarrona y alguna otra virtud que me dejo en el tintero. Pero ella la aguantaba porque era una buena chica; y no la aguantaba por el sueldo, que era, como decía mi sobrina Marta, decente. Lo cual, para cualquiera que haya conocido a mi sobrina Marta, significaba miserable.

La aguantaba porque era una buena chica, y una buena chica aguanta lo que sea y hasta acepta todo con gusto. Mi hermana Quelita le gritaba porque el chocolate del desayuno estaba frío o estaba demasiado caliente; porque las almohadas no estaban bien arregladas, porque entraba demasiada luz, porque entraba poca luz, porque no tenía a mano las pastillas, no, ésas no, las otras, y las gotas, y el vaso de agua y la bolsa de agua caliente y el libro que había estado leyéndole ayer y los mitones y el rosario y vaya uno a saber qué más. Ella tenía puesta en la cara una semisonrisa casi etérea o habré querido decir eterna y deslizaba un:
—Sí, señora, no se preocupe, ya se lo arreglo.

Lo arreglaba y después se sentaba y le leía durante horas, sin cansarse, sin protestar, sin pedir permiso para ir al baño. Más que una buena chica era una santa. Irremediablemente tonta pero santa.

A las doce y media Quelita se levantaba y su toilette para bajar al comedor hubiera hecho poner verde, de envidia al Rey Sol. A la una y cuarto entraba al comedor, a la una y media empezaba a almorzar con la familia, y supongo que ese bienvenido intervalo le servía a la Chuchi para comer, descansar, dormir, coleccionar tarántulas, tocar el clarinete o lo que fuera lo que hacía con su vida. A mí me gustaba pensar que se encerraba abajo en el cuarto de la caldera y aullaba insultos, improperios y maldiciones contra Quelita mientras golpeaba las paredes con sus puñitos cerrados. Y que a las tres, con su carucha de siempre, ya tranquilizada su alma, volvía arriba y acostaba a Quelita para la siesta.

Probablemente no. Probablemente comía tranquila en la antecocina, sopa de tapioca, puré de papas o alguna otra cosa por el estilo y chuño de postre, y después se sentaba en la galería a esperar que sonara la campanilla en el dormitorio de Quelita.
Pobre chica. Hacía dos años y unos meses que aguantaba. Marta la había tomado cuando yo estaba en Europa y de verla nomás había pensado:
—Ésta no nos dura ni dos meses.

Que era lo que nos había durado la anterior, una amazona aguerrida con cara de bull-dog en la que habíamos puesto nuestras mejores esperanzas y que se había declarado vencida después de un desagradable incidente con una escupidera del que es mejor no hablar. La predecesora de la amazona había sido una gorda plácida y rubia que había durado, creo, una semana y media. Antes había habido otra de cuya cara ni me acuerdo pero que duró casi cinco meses, todo un récord. Y antes, bueno, un ejército de mujeres flacas, gordas, petisas, altas, viejas, jóvenes, brutas, cultas, criollas, gringas y lo que fuera, se confunden en mi memoria, todas huyendo aterradas y ofendidas, con la valijita en la mano izquierda y apretando con la derecha un pañuelo hecho un bollo contra la nariz y la boca.

Cuando volví y fui a visitar a mi hermana, Marta no me dio ni los buenos días. En cuanto me vio dijo:
—¿Sabés cuánto hace que está?

Mis pensamientos no tienen la agilidad del rayo: siempre he sostenido que para qué molestarse si los otros terminan por decir lo que quieren, que en general no es lo que uno quiere oír, pero entendí instantáneamente:
—¿Cuánto?
—Siete meses.
Suspiré:
—Esta vez la pegamos —pensé dos segundos—. ¿Cómo es?
Suspiró ella:
—Tranquila. Calladita. Limpia. Eficiente —pausa—. ¡Me saca de quicio! Me la encuentro en todas partes, camina como gato, se sonríe de costadito y dice disculpe señora, perdón señora, con permiso señora, yo no sé, es una especie de fantasma ubicuo porque también le hace compañía a mamá, no sé, no sé, me desorienta un poco.
—¿Es vieja?
—Pero no. Es joven, casi te diría que muy joven.
—¿Cuántos años?
—Qué sé yo, dejáme de embromar.
—¿No viste la cédula?
—Sí, pero no me acuerdo. Veinte, diecinueve, veinticinco, algo así.

Dos días después empecé a decir:
—Es una buena chica.

Se llamaba Natividad, Natividad Lavallén. Toda la familia empezó diciéndole Natividad. Al poco tiempo los chicos le decían Nati y Marta estaba a punto de contagiarse cuando Matildina que tenía ocho años dijo un día:
—Es una chuchi.

Y todos le dijeron Chuchi de ahí en adelante. Todos, incluso Eliseo que es el tipo menos inclinado a los apodos que pedirse pueda, Chuchi de aquí, Chuchi de allá. A ella parecía gustarle. Por lo menos, no protestó.

Esa mañana, me refiero al día en el que me enteré de su existencia, subí al cuarto de Quelita, le di un beso, le dije que la veía espléndida, ella bufó y me dijo que se iba a morir pronto y que el doctor Iraola era un inútil y yo le dije que cuánta razón tenía pero que por favor no se muriera todavía, al menos no hasta que yo no le hubiera contado mi viaje. Y mientras tanto la miraba de reojo para ver cómo era.

Quelita dijo:
—Sentáte ahí y contáme, no, ahí no, en la butaca. Sí, ahí, váyase, Chuchi, ¿no ve que molesta? y cierre bien la puerta que siempre la deja medio abierta, digamé, ¿no será que pone la oreja para oír lo que yo digo acá adentro?, no, no me diga que no, todas ustedes son iguales, si lo sabré yo, vaya, vamos, qué hace parada ahí como una boba, espere, tráigale una copa de oporto al doctor, y no le vaya a dar al trago mire que yo sé hasta dónde están las botellas, en bandeja con carpeta almidonada pídale a Ignacia, vamos, y servilleta no se olvide, vamos, vaya, vaya.
—Sí, señora, enseguida —dijo la Chuchi con una sonrisa como si le hubieran dicho un piropo y salió cerrando bien la puerta.
—Bueno, a ver, contáme.
—Quelita, por favor, ¿no podrías dejar de hablar de mí diciendo "el doctor"?
—Qué hay, ¿acaso no sos doctor vos?
—Sí soy. Tengo el título porque papá se empeñó, pero no ejerzo, no soy doctor, no me gusta ser doctor.
—A vos lo que te gusta es la buena vida.

Tuve que asentir. Y después de asentir empecé con Lisboa. Había llegado a Santiago de Compostela cuando entró la Chuchi con la copa de oporto en una bandeja, servilleta, carpeta, todo impecable.

—Esa copa está sucia —dijo Quelita.
—Quelita, hacé el favor —dije yo.

Pero no hubo nada que hacer. La Chuchi entró con otra copa impecable cuando yo rozaba los Alpes en el auto de los Rendon. Antes de que Quelita abriera la boca para decir que la carpeta estaba arrugada o que la bandeja era demasiado grande, demasiado chica, demasiado redonda o vaya a saber, salté al ruedo:
—Isabelle sigue siendo la misma tonta de siempre.

Quelita se relamió mientras se remontaba a la abuela materna de Isabelle:
—Ridícula, querido, era una ridícula. También, hay que saber de dónde venía, porque ella decía que era hija de Ruy Aldanza y su primera mujer, ¿te acordás de los Aldanza?, pero yo sé, porque me lo dijo Bernardita Holm, que.

Y siguió así mientras la Chuchi se escabullía. Me tomé el oporto, oí las crónicas familiares de media Europa y la Chuchi volvió para vestir a Quelita sin que yo hubiera podido llegar a París.

Me levanté, fui a la puerta, puse la mano en el picaporte y dije:
—Hay un poco de olor a —me arrepentí pero ya era tarde.
—Sí—dijo Quelita mientras se sacaba la cofia—, la Chuchi pinta. Se entretiene y no me deja sola mientras descanso.
—Qué bien —dije, y salí pitando, no fuera que Quelita empezara a protestar por el olor a aguarrás.

Pero no. Ni ese día ni los siguientes protestó; al contrario, como al pasar comentó que era olor a limpio.

La historia era la siguiente: a Quelita no le bastaba con exprimirla a la Chuchi. De vez en cuando la mandaba a ayudar a alguien a hacer algo que ella después supervisaba: arreglar los roperos de los chicos, guardar la ropa de invierno, poner orden en el armario del office, lustrar cubiertos o teteras o azucareras. Eran cosas que se hacían en las raras ocasiones en las que Quelita salía: visitas de pésame, misas especiales, cementerio, todas circunstancias en las que la Chuchi no era presentable. Y Quelita sostenía que no había que permitir que la servidumbre se aburriera y encontraba diversiones para todos y especialmente para la Chuchi.
Cuando Quelita llegaba de vuelta, la Chuchi le sacaba el sombrero y los guantes, le guardaba la cartera, y la llevaba a ver los armarios o la ropa doblada o las cucharitas de café lustradas.

Un día, como en los cuentos, la Chuchi dijo:
—Y vea, señora, lo que encontramos Yolanda y yo en el altillo sobre el garaje.
—Esteban —dijo Quelita.

La Chuchi guardó silencio.

—Esteban —insistió Quelita—. Vaya a llamar a la señora Marta enseguida, vamos, muévase, Chuchi, ¿siempre hay que repetirle las cosas a usted?

La Chuchi ya estaba en el corredor de arriba buscando a Marta.

Esteban estaba muerto hacía como veinte años y era leyenda o poco menos.

Se había ido a París muy joven y había estudiado no me acuerdo con quién y había vivido la loca bohemia y fumado opio y tomado ajenjo en los cafés y se había enamorado de cantantes y de bailarinas y de putas finas y de las otras y se había agarrado el mal francés como corresponde y además una buena tisis como también corresponde. Había vuelto derrotado, barbudo, maloliente, flaco, pobre de dinero pero rico de experiencia como dijo al desembarcar, cargado de telas en blanco y de telas pintadas por él y por sus amigos. Todos unos vagos atorrantes descastados y viciosos como había dictaminado Quelita que era joven entonces pero ya apuntaba como jefa de la tribu.

Esteban se había muerto tuberculoso al poco tiempo y Quelita había hecho quemar la ropa, las sábanas, los papeles y hasta la valija, y alguien había guardado las telas en blanco y las pintadas en el altillo.

—Hay que tirar toda esa porquería —dijo Marta.

Cualquier día. Si alguien decía que había que hacer algo, Quelita sostenía que había que hacer lo contrario. De manera que la Chuchi y Yolanda guardaron las telas y no se habló más del asunto.

No, me equivoco. Lo que pasa es que no sé cómo fue y nadie pudo nunca explicármelo.

Parece pero solamente parece, que una tarde Quelita se enojó más de lo que acostumbraba porque al despertarse de la siesta tuvo que llamar dos veces, ¡dos veces! a la Chuchi para que la ayudara a levantarse y vestirse para el té. La Chuchi aguantó como aguantaba todo porque era una buena chica, y cuando pasó la tormenta dijo que ella podría quedarse en el cuarto de Quelita mientras Quelita dormía.

—De ninguna manera —dijo Quelita—, faltaba más. Usted porque es una haragana que no se molesta en venir rápido cuando la llamo. Vea si va a estar ahí sin hacer nada mientras duermo, qué barbaridad.

Entonces, no sé si ese mismo día o al otro o al otro, porque si algo tenía ella era sentido de la oportunidad, la Chuchi sugirió la antecámara. Parece que le dijo a Quelita que ella, la Chuchi, había estudiado dibujo y pintura, y que entonces podía aprovechar las telas que estaban guardadas y hacer algunos bocetos mientras ella, Quelita, dormía.

No sé cómo se las arregló, pero la cosa es que Quelita aceptó. Se me ocurre que debe haber pensado que no la podía poner a coser porque para eso estaba la costurera que iba dos veces por semana, ni a lustrar las cosas de plata porque para eso estaban Yolanda y Jesusa, ni a limpiar las alhajas no fuera que le fuera a robar alguna, y que así la tenía más a mano para mandonearla. La cuestión es que la Chuchi puso unos diarios viejos sobre la mesa oval y empezó a dibujar las telas en blanco.

Un horror, para decir la verdad, un verdadero horror. Marta dijo:

—Qué bonito —frente a un paisaje de patio con aljibe.

Quelita ni se dignó mirar.

Marta le compró pinturas, aguarrás y pinceles a la Chuchi a ver si la cosa mejoraba.

Por un par de días todos esperaron el estallido de Quelita quejándose del olor a pintura o a aguarrás, pero ella dijo que estaba bien, que era olor a limpio.

—Pero eso sí, no se haga ilusiones, Chuchi, no se crea que con esa tontería de la pintura usted va a dejar de lado sus responsabilidades, que las tiene, y muchas, y nunca las cumple a mi gusto.
—No, señora, no se preocupe —dijo la Chuchi con una sonrisa.
—Todos los pintores son unos holgazanes indecentes que lo único que quieren es estafar a la gente honrada con unas pinturitas que cualquiera puede hacer si se lo propone. Eso de pintar es un pretexto para no trabajar. Y usted mucho cuidadito —le dijo a la Chuchi enarbolando el índice de la mano derecha cerca de la nariz de la chica.
—Sí, señora —dijo la Chuchi.
—Está bien que una señorita aprenda acuarela —siguió Quelita— o pintura sobre seda, total, después se casan y se olvidan de esas pavadas, pero usted no es una señorita, no se olvide y manténgase en su lugar.
—Sí, señora —dijo la Chuchi.

La Chuchi empezó a pintar. No mejoró, ni con la acuarela ni con el óleo. No mejoró pero aumentó su producción: montones de paisajes, floreros con flores, marinas, nocturnos y naturalezas muertas se fueron acumulando en su cuarto, porque Quelita no iba a permitir que los "cuadros" de la Chuchi ocuparan lugar en los armarios y ni siquiera de vuelta en el altillo sobre el garaje.

Y entonces llegó Carlos Maximiliano.

Carlos Maximiliano Bellefeuille, estoy deformando un poco los apellidos por razones evidentes, es el hijo menor de mi hermana Josefina del Carmen.

Josefina conoció a Edouard en un viaje, maldito viaje decía mi padre, y Edouard la siguió por toda Europa y la raptó en el carnaval de Venecia, juro que esto es verdad, y por supuesto se casaron, y contra las expectativas de toda la familia fueron felices y vivieron en las afueras de París y tuvieron montones de hijos. Nunca sé cuántos ni quiénes son los Bellefeuille. Siempre aparece uno nuevo o una nueva y yo me hago el que lo recuerdo perfectamente, querido sobrino, querida sobrina. Siempre alguno se casa, siempre alguna tiene hijos, siempre algún hijo de los hijos toma la primera comunión, en fin, es una suerte que vivan tan lejos y cuando voy a Europa, por supuesto que ni me arrimo a lo de Josefina y Edouard.

Pero Carlos Maximiliano es otra cosa. Si yo nací para la buena vida, y a Dios gracias me puedo dar el lujo de vivirla, Carlos Maximiliano nació para seducir al mundo en general y a las mujeres en particular, a todas y a cada una de ellas, y a Dios gracias se puede dar el lujo de hacerlo.

Ni siquiera se lo propone. Avizora a una mujer, de entre tres y noventa años, le sonríe, le dice algo, cualquier cosa, le hace un gesto, le sugiere que ha llegado a su vida en el momento preciso, y ya está, ya se puede ir tranquilo con la música a otra parte. Ni siquiera se enojan con él. Lloran un poquito, guardan una flor entre las páginas de un libro y se casan con un contador público nacional y tienen hijos y apuesto a que uno se llama Carlos. O Maximiliano.

Quelita no era la excepción. Llegaba Carlos Maximiliano y el humor de mi hermana mayor cambiaba y ella se convertía en una dulce criatura que permitía que su sobrino tomara su mano entre las de él y la guardara así largo rato mientras le contaba sus viajes y le decía que la próxima vez, el año que viene, en julio que es el mes ideal, tenía que decidirse e ir con él al Tibet o a Madagascar o al Congo y que ya iba a ver cómo se iban a divertir los dos y cómo iban a ir a la playa a ver salir el sol dorado mientras los tontos roncaban en sus camas y se perdían toda la magia de la vida que sólo ellos, ellos dos, sabían apreciar.

Nunca supe cómo lo hacía.

Esta vez fue como las otras veces y Quelita y él hablaban y se reían como dos chicos felices mientras toda la familia aprovechaba el recreo y de paso se preguntaba lo mismo que yo: cómo lo hace, cómo.

Esta vez sin embargo no fue como las otras veces porque esta vez estaba la Chuchi. La Chuchi que cuando vio aparecer a Carlos Maximiliano, cuando vio su sonrisa y su pelo rubio y sus ojos color miel y ese paso como de tambor mayor, elegante pero con algo de picardía; cuando oyó esa voz y sintió esa risa y ese olor a colonia y a tabaco turco, se dio cuenta por primera vez de cuán vasto es el mundo, cuán corta la vida, cuán misterioso el destino, cuán maravillosos los colores de los sueños. No sé con seguridad nada de esto: la Chuchi nunca me hizo confidencias, pero la vi cuando ella lo vio y adiviné todo porque yo, dado a la molicie, también o quizá por eso soy dado a la observación de las gentes. La vi seguirlo con la mirada, vi cómo sus labios se separaban apenas, cómo le temblaban las aletas de la nariz, cómo los ojos le brillaban, cómo las manos hacían gestos inacabados, cómo tuvo que sentarse para no caerse al suelo. La vi y por un momento tuve miedo. Pero después reflexioné y me dije que no había cuidado. Y tuve razón. Era una buena chica: tuvo que haber sabido desde el principio que no había nada que hacer, y se conformó como se conformaba con los malos tratos de Quelita. Aguantó.

Él la sedujo como seducía a todas, a la princesa de Von Traini y a Yolanda, a Quelita y a Isabelle, a su madre y a sus tías y a la dependienta de la farmacia y a todas las mujeres que se le cruzaban. Le dijo una cursilería como:
—Querida, usted es el ángel de la guarda de mi tía. Todos somos felices de que usted esté aquí.

Y la Chuchi, ella sí fue feliz. También le dijo:
—Pero querida, sus cuadros son pre-cio-sos. Usted tiene un talento sutil que sólo las almas delicadas como la suya, ay, muy pocas, pueden percibir.

Y la Chuchi tuvo un ataque de pintura al óleo y pintó como diecisiete paisajes y un retrato espantoso de Carlos Maximiliano con alas de ángel y aureola, y terminó con todas las telas en blanco.

Como estaba enamorada hasta el caracú, tuvo la osadía de ir a pedirle permiso a Quelita para seguir pintando sobre las telas ya pintadas. Y como Quelita también estaba enamorada hasta el caracú, tuvo la generosidad de decirle que sí, que pintara en donde se le diera la gana y que se fuera de una vez que estaba por llegar Carlos Maximiliano.

La Chuchi pintó y pintó y pintó, y en los intervalos lo miraba a Carlos Maximiliano y él se daba cuenta y le decía querida descanse un poco que yo me ocupo de mi tía mientras usted piensa en su próxima obra y ella sonreía y descansaba pensando en él. Y yo deseaba que se dedicara a coleccionar tarántulas o a tocar el clarinete porque Carlos Maximiliano se iba a volver a Europa y a ella no le iba a quedar nada pero nada. A Quelita sí: Quelita iba a volver a martirizarla con órdenes y gritos y se iba a consolar rápidamente hasta el próximo viaje del sobrino. Pero ella, la Chuchi, no tenía nada, salvo los mamarrachos que pintaba en las telas usadas. Decidí que cuando se le terminaran, le iba a comprar unas cuantas para que siguiera pintando retratos de mi sobrino o paisajes o lo que se le diera la gana, qué tanto.

Y en efecto, Carlos Maximiliano vino un día a despedirse, se despidió y se fue.

Quelita empezó a los gritos porque las cobijas no estaban bien estiradas y la Chuchi corrió a arreglárselas.

¿Y la Chuchi? La vigilé durante unos días y no vi nada. No suspiraba ni lloriqueaba en los rincones, ni se quedaba con la mirada perdida ni se desmayaba de amor ni nada.
—Es una buena chica —dije.

Pero no dejaba de asombrarme. ¿Cómo era posible que no sufriera? Me convencí de que sí, de que sufría y no se permitía mostrarlo. Es una santa, pensé, santa aunque tonta.

Carlos Maximiliano ni siquiera escribió, claro: nunca lo hacía. Pero la Chuchi no salía a la puerta a esperar desesperanzadamente al cartero. Ni siquiera se enteraba de cuándo llegaba el cartero. Quelita no le hubiera permitido ir a esperarlo tampoco. La tenía zumbando como siempre y ella como siempre decía:
—Sí, señora, no se preocupe, ya se lo arreglo.

Eso sí: dejó de pintar, de modo que no tuve que salir a comprar telas nuevas. No pintó más. Se sentaba en la antecámara y esperaba a que Quelita se despertara y la llamara. A veces revisaba libros buscando alguno para leerle a Quelita. A veces bordaba pero Quelita se lo prohibió porque dijo que se le podía caer una aguja y eso era peligroso porque ella, Quelita, podía sentarse encima y clavársela y que las agujas se mueven en el interior del cuerpo y si llegan al corazón lo pinchan y una se muere. También intentó tejer, la Chuchi, pero Quelita le dijo que dejara eso, que parecía una chusma de barrio de esas que se sientan en la vereda a criticar a las vecinas. No sé de dónde sacaba la analogía, pero la Chuchi tuvo que dejar de tejer y quedarse ahí nomás, sentada, esperando que Quelita se despertara de la siesta.

Una mañana, sin necesidad de que ninguna aguja le pinchara el corazón, Quelita amaneció muerta.

La encontró la Chuchi, que entró al dormitorio intrigada porque la campanilla no sonaba y el chocolate se iba enfriando en la chocolatera. Le cerró los ojos, la fue a buscar a Marta y cuando la vio se puso a llorar. Marta casi se desmaya de la sorpresa: ¡la Chuchi llorando! Consiguió que le dijera lo que pasaba, subió al dormitorio, me llamó, en fin, que la muerte se instaló en la casa y todos le hicimos lugar. Marta llamó a Josefina y se enteró de paso de que Carlos Maximiliano estaba en Italia.

Después la consolamos a la Chuchi, cosa que nos costó bastante trabajo. Cuando conseguimos que dejara de llorar le hicimos dar un té de tilo y la mandamos a acostarse. Pero igual, silenciosa y como pidiendo permiso, se instaló junto al cajón y la veló como hubiera velado a su madre. Lloraba de a ratos y de a ratos se quedaba como adormecida y después levantaba la cabeza y miraba las coronas y los velones, y en uno de esos momentos la vi como lo que no era, qué raro. Llorosa y con la nariz colorada y los párpados hinchados, a la luz de las velas parecía bella. Los ojos resplandecían y el pelo alborotado le hacía como una corona de trigo y luz. Y vi que en realidad era bella. Tenía rasgos diminutos y finos, una boca suave y una nariz recta con personalidad y una frente limpia y ancha. Pensé que hubiera sido una envidiable modelo de pintores, y que era una lástima que nadie la hubiera pintado no como ella pintaba sus monigotes sino en serio, con los colores de un Fra Angélico, con el drama de un Géricault, con la serenidad de un Ingres. Se me ocurrió que yo, que nadie, nadie sabía si tenía madre, padre, familia, alguien. Que no sabíamos adónde iba las tardes de los jueves y las de domingo por medio. Pero no era momento para preguntarle y la dejamos estar ahí toda la noche y venir con nosotros al cementerio. Marta la hizo figurar en el anuncio fúnebre: "su fiel servidora, Natividad Lavallén".

Al día siguiente la Chuchi dijo que se iba. Marta, todavía conmovida por el cariño que por lo visto le tenía a Quelita a pesar de todos sus maltratos, le dijo que si quería quedarse unos días hasta que encontrara otro trabajo, que se quedara, y que le daríamos las mejores referencias que se pueden conseguir en este mundo. Ella agradeció, aceptó las referencias, pero dijo que se iba y que quería hacernos un regalo porque nosotros habíamos sido tan buenos con ella.

—Pero no, Natividad —dijo Marta—, usted no nos tiene que hacer ningún regalo. Nos basta con lo maravillosamente que la atendió a mamá.

Por lo visto la Chuchi había vuelto a ser Natividad por obra y gracia de la muerte.

—Sí, señora Marta, sí, no me prive de que les deje algo mío.
—Bueno, si es así —dijo Marta—, sea lo que sea, se lo agradecemos mucho.

Y la Chuchi nos regaló sus cuadros. Bueno, no todos. Nos regaló más o menos una docena. Los mejores, dijo ella. Los otros se los llevaba ella para tenerlos de recuerdo de los días felices que había pasado en la casa. ¿Días felices?, pensé yo. Y, sí, se había enamorado y supongo que eso es la felicidad, aun cuando se trate de un amor peor que no correspondido, ignorado. Suspiré y la besé cuando se fue.

La vida siguió, parecía que como siempre. Digo que parecía, sólo parecía, porque algo me molestaba y con el tiempo me di cuenta de que ese algo era la Chuchi. Casi suspendí mi buena vida para pensar en ella. Ahora que no estaba me daba cuenta de que había algo incongruente en la Chuchi. Era una buena chica, una santa, medio tonta. Me repetí eso una vez y otra vez y finalmente me dije no, no puede ser.
Pero me quedé ahí, no pude sacar conclusiones, sólo podía decirme que nadie puede ser tan tonto como para dejar que lo maltraten por unos pocos pesos cama adentro trabajando mañana tarde y noche y sin recibir un estímulo, una palabra amable, gracias, Chuchi, qué bien, nadie me tiende la cama como usted, qué rico está el chocolate, si no fuera por usted me olvidaría de tomar las píldoras. ¿Por qué había aguantado tanto la Chuchi? ¿Por qué había permitido que le dijeran Chuchi que es un ridículo nombre casi de perro cuando ella tenía su precioso nombre, Natividad o incluso Nati? ¿Eh? ¿Por qué? Vaya a saber. No había sacado nada de tanta servidumbre, de tanta sumisión. Nada salvo unos cuadros horribles pintados sobre las telas usadas que Esteban había traído de París.

Me fui olvidando del asunto. No supe nada más de la Chuchi. Me acordé de ella mucho tiempo después cuando vi en los diarios la subasta en Sotheby de siete cuadros que se habían vendido a precios siderales, entre ochocientas mil y novecientas mil libras cada uno. Habían sido de un coleccionista sudamericano cuyo nombre no se daba y eran perfectamente desconocidos y perfectamente auténticos, sin papeles, pero aptos para pasar todas las pruebas. Una situación no muy acostumbrada para Sotheby, pero que había resultado un gran negocio, tanto para los rematadores como para la persona que había llevado las obras. A la perinola, pensé, seguro que los cuadros de la Chuchi no se venderían ni a cinco libras cada uno. Había dos Picassos de la primera época, un Aduanero Rousseau, tres Juan Gris y un Matisse increíble, todo anaranjado y azul Francia con estrellas doradas en collage y la silueta en negro de una bailarina que levanta los brazos y echa hacia atrás la cabeza riéndose con una boca granate llena de dientes blancos. Estaba la foto en colores en el suplemento del diario. Qué no daría uno por tener ese cuadro en su casa, qué no daría.

Pasó. Volvió el recuerdo de la Chuchi cuando supimos que Carlos Maximiliano se había casado en Londres con una muchacha que Josefina todavía no conocía. Pobre Chuchi, dijimos con Marta, menos mal que no se enteró del casamiento del objeto de su amor.

—¿Te acordás del retrato de Carlos Maximiliano con alas de ángel? —le pregunté a Marta.

Nos reímos un rato.

Algo hizo clic en mi cabeza. No, no en mi cabeza, en mi estómago, y no era gastritis. Pero Marta dijo:
—¿Ese fue uno de los que nos regaló?
—No —dije yo—, a ése se lo llevó.
—Ah, claro, cómo no se lo iba a llevar como recuerdo, pobrecita.
—Era una buena chica —dije yo.

Y el momento pasó y el clic se quedó en clic.

Hasta que una noche, a las tres de la mañana, me desperté sobresaltado y me senté en la cama como si me hubieran puesto un resorte en el traste. No había tenido una pesadilla. Estaba durmiendo solo, cosa que me sucedía desde hacía un tiempo con mayor frecuencia que antes, y algo había caído sobre mí como un rayo. Era el clic.
La Chuchi. Ya sé, dije, y creo que lo dije en voz alta, ya sé: estuve pensando que me estoy poniendo viejo y que ojalá pudiera contratarla a la Chuchi para que me cuidara como la cuidó a Quelita. Sólo que yo la trataría con toda amabilidad porque era una buena chica, un poco tonta pero una santa.

Sí, había estado pensando eso mientras me iba durmiendo. Y había seguido pensando: bueno, pero no la puedo contratar, ahora que se ha casado con Carlos Maximiliano. Y me había dormido.

¿La Chuchi casada con Carlos Maximiliano? ¿De dónde había salido esa idea? ¿De dónde habían salido los cuadros que se vendieron en Sotheby? El clic se convirtió en una sinfonía. Una sinfonía es ese texto musical en el que todos los hilos que despliega el músico al comenzar y que forman una trama que se abre y resuena hacia la mitad, se unen al final en un nudo apretado en el que la orquesta a pleno dice con cuerdas, vientos y bronces y percusiones la frase final.

En ese gran finale Carlos Maximiliano había visto en el altillo los cuadros de los amigos atorrantes, viciosos y holgazanes de Esteban, a saber Picasso, Gris, Rousseau, Matisse, todos fumando opio, todos tomando ajenjo, todos cambiándose sus cuadros, vendiéndolos por monedas o por comida y vino, regalándolos a los amigos o a Gertrude Stein y su Alice B. Toklas en las calles de Montmartre. Carlos Maximiliano no era tonto ni era un santo ni era un buen chico. Y la buscó a la Chuchi; no sé, hasta hoy no sé quién era la Chuchi, dónde la encontró, pero es mejor así, y además uno ya lo sabe, todos los seductores tienen un amor al que vuelven siempre y yo había alcanzado a verlo esa noche, la del velorio de Quelita, y no me había dado cuenta de nada, idiota de mí. Había visto a la verdadera Chuchi, no la santa, no la buena chica sino la preciosa criatura a la que el seductor siempre volvía.

Una actriz estupenda. Pero entonces, el premio era importante y les iba a caer a las manos sin ninguna duda: Quelita era mucho mayor que yo, una hipertensa con un corazón grande y pulmones que ya no le servían para mucho. Se iba a morir en cualquier momento. Lo decía a cada rato y uno ya no le llevaba el apunte. Pero se murió y la Chuchi nos regaló las telas nuevas y se llevó las usadas de recuerdo. Las hicieron limpiar, las llevaron a Londres, las vendieron, se casaron, y probablemente Josefina conocerá a su nuera bajo otro nombre, no el de Natividad ni el de Nati ni, mucho menos, el de la Chuchi.

A las cuatro de la mañana de esa noche, frente a una taza de té, solo como nunca, me dije que era una lástima y que tal vez yo terminaría dentro de no mucho tiempo en las manos de la amazona aguerrida con cara de bull-dog o en las de la rubia gorda y plácida, pero ya jamás en las de la Chuchi.


De Cómo triunfar en la vida (1998)

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