martes, 4 de mayo de 2010

Ernesto Sábato - VISITA AL MUSEO DEL PRADO






Caminando despacio hemos ido hasta el correo de Cibeles.

Me detengo a mirar esa zona en que Madrid se ensancha, donde grandes y antiguos paseos trepan hacia la Puerta de Alcalá, por un lado, y por el otro, hacia la Puerta del Sol.

Pero prefiero la sombra, entonces apurados salimos de las avenidas y nos vamos lentamente bajo los árboles del Paseo del Prado hacia el museo. Nunca miro más que a un pintor, lo contrario hasta me parece una falta de respeto. Esta vez sólo algún cuadro de Goya.

El Goya oscuro, el feroz, el desgarrador Goya me sigue deslumbrando. Y también El Bosco. Cuánta incomprensión habrán sufrido estos creadores geniales en su época. Uno, por advertir los monstruos terribles que ocultaba en su vientre la diosa razón, con sus toros y aquelarres. El otro, con sus seres híbridos y deformes, anunciando las desgracias de un mundo que se mueve compulsivamente tras la riqueza y los bajos placeres. Reyes a caballo junto a fieras mitad humanas, junto a minúsculas escenas de matanzas y sacrificios. Aquellos símbolos habrán sido considerados esquivos y desafiantes en su tiempo. Hoy se nos aparecen con toda lucidez, como trágico acabamiento de un modo de vivir y concebir la existencia.

Como autómata, como cuando de chico me levantaba sonámbulo, me dirijo hacia Goya. Y elijo un cuadro, un sólo cuadro y me detengo. El pintor de los monstruos; el que pintó magistralmente con humo y sangre.

El dos de mayo. Lo miro de a poco, como si lo tanteara y me sumergiera en él.

Fue en 1814 cuando Goya en su taller pintaba la batalla. Sí, están ahí, son hombres fuertes peleando por su tierra; peleando por Madrid. Sé que la batalla, la gran guerra popular que se desató en Madrid, lo indignó. Que pintó y pintó durante tres años los “desastres de la guerra”. Pero sé también que el caos, el derramamiento de sangre, la brutalidad del hombre, fue el tema que le sirvió a Goya para estremecernos con su pintura. Para llevarnos a esa verdad simbólica, inagotable.

Admiro los negros del carbón, del humo. Insuperables. Y los blancos. Ya en esa época, después de su enfermedad y de su sordera, pintaba para sí mismo. Entre sufrimientos renació; abandonó los colores brillantes y fue añadiendo marrones, grandes masas de negro y sutiles pinceladas de rosa, de grises plateados para expresar la luz.

En Goya el soporte creo que no existe. De a poco, capa sobre capa, sumando pigmento más pigmento, seco sobre seco, una masa oscura carbón se ilumina. Sabiamente se hace sangre en el rojo pantalón del soldado abatido. Todas las miradas van al soldado que cae del caballo, al rojo sangre.

Los soldados están y nos muestran indudablemente cómo pelearon. ¡Cuántas muertes habrá costado esta batalla! Pero a la vez, los soldados son los negros que Goya necesita, los negros que ama. Así como el caballo que vemos en primer plano es el caballo del soldado abatido y es el blanco el que estremece a Goya.

Me acerco a los ocres que a mí me apasionan. Los ocres dorados de la ropa, iluminando sutilmente los pliegues, sobre las formas de los cuerpos. Los sables dibujan curvas de hombres que podrían ser animales.

Este grito en primer plano, atrás el silencio.

De pie frente al cuadro de pronto comprendo que estoy, en este mismo momento, por el misterio de lo imaginario, en mi propio taller sintiendo entre los dedos la ansiedad del pincel.

Vuelvo a mirar aquel rosa, ese muro callado. La diagonal perfecta que nos desliza y nos lleva hacia lo que Goya quiso que viéramos.

Al fondo, el cielo. La ciudad callada, las viejas cúpulas, tan quietas como un aire detenido.

Nos retiramos lentamente, por la calle del Prado, hacia la plaza Santa Ana.


Extraído de España en los diarios de mi vejez (2004). Seix Barral, I.S.B.N. 9788432211935

3 comentarios:

BLANCO dijo...

Muy bueno.
¿Por qué Sábato no me cae simpático? Escribe estupendamente. Y El Túnel es una lectura que en su momento me encantó.
¿Tenés alguna respuesta?

Risk dijo...

Quizás sea porque se muestra como un hombre atormentado hasta lo inverosímil, BLANCO. Eso, por lo menos a mí, me aleja un poco, aunque reconozca que hizo cosas admirables, y no sólo como escritor. Pero bueno, supongo que es difícil entender a alguien que lleva la carga de una crianza severísima como la que contó que tuvo, ¿no?

almalaire dijo...

Me gusta mucho Goya. Sobre todo los retratos. Y me encanta la manera que tiene Sábato de explicar las cosas que uno intuye pero no llega a saber o no llega a saber que sabía que estaba intuyendo(un tigre, dos tigres, tres tigres). Como Goya, Sábato sabe mirar por dentro.

Tampoco lo definiría como un hombre simpático. Creo que es un tipo extraordinariamente clarividente y árido y son dos cualidades que no inspiran mucha simpatía, precisamente.

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