jueves, 4 de noviembre de 2010

Mempo Giardinelli - EVITA EN GRINGOLANDIA









En estas noches heladas de Virginia, leyendo en Internet las noticias del estreno de Evita en Buenos Aires, me entero de que en el Gran Rex se cumplieron viejos rituales argentinos: allí se convocaron los infaltables adoradores del filme de Parker y Madonna; una manifestación de 50 tipos del siempre incalificable Comando de Organización; y los también infaltables aplaudidores porteños, esta vez presuntamente argentinos que durante el rodaje consiguieron un laburo y, claro, están agradecidos y si fuera por ellos Parker podría filmar dos o tres películas por año en Buenos Aires.

Todo en su lugar, me dije, si hasta el doctor Menem zafó —como siempre hace— y mandó al frente la eterna sonrisa de su vice para hacer las religiosas condenas oficiales, por lo cual algunos amigos norteamericanos han considerado, con razón, que el doctor Ruckauf ya supera en el ranking de vices inverosímiles a los norteamericanos Spiro Agnew y Dan Quayle.

A mí me llamaron de un par de radios porteñas, y me preguntaron si había visto la película. Por supuesto que sí, fue mi respuesta, y me parece increíble que todavía haya gente capaz de apasionarse por asunto tan trivial como una película.

Cuando fui a verla, hace un mes, con el doctor Fernando Operé (un catedrático español de esta universidad, especializado en Juan Manuel de Rosas y la literatura del posrosismo), él me dijo algo muy sabio antes de entrar al cine: «Oye: no se te olvide que vienes a ver un musical de Hollywood y no una película histórica».

Con esas palabras me ayudó a distenderme y a disfrutar, dentro de lo que cabe, un filme esquemático pero bien realizado, con algunas excelentes coreografías, un par de bonitas canciones y un ritmo sensacional. Me olvidé del personaje por un rato, me entretuve dos horas y hasta me divertí mucho viendo a Madonna componer una imposible enferma de cáncer terminal cuando estaba embarazada de cuatro meses, rozagante y feliz.







No obstante, me quedó una rara sensación después, cuando escuché los comentarios de mis estudiantes, participé en un par de debates, y tuve que preparar una conferencia sobre Eva Perón, que acabo de pronunciar en la Universidad de Ohio.

Lo que más me sorprendía no era sólo que en la Argentina un estreno cinematográfico fuera capaz de tanto grotesco, sino también que en los Estados Unidos fueran capaces de discutir lo que discuten. Porque, les juro, aquí lo que se debate es si Eva Perón fue puta o fue santa. Se discute si ella era buena o mala actriz. Vamos, se discuten las máquinas de coser que regalaba la Fundación, o si Perón es comparable o no con Mussolini. Literalmente. Juro que no exagero.

Uno ya sabe que el esquematismo norteamericano necesita siempre establecer si una cosa es blanca o negra; si una situación es positiva o negativa; y si una persona es buena o es mala. Incluso los profesores, ¡ay!, de Historia o de Sociología, de Ciencias Políticas o de Filosofía, derrapan en este tema y no dejan de caer en simplificaciones. Estoy alelado, y no es una ironía.

Entonces, decidí inventar una pequeña venganza: en Ohio le propuse al auditorio que imaginara que va al cine a ver una película filmada en los estudios «Bosque Alegre», de Buenos Aires, un musical superespectacular titulado Johnny, que cuenta la historia de un joven norteamericano que llega a la cima del poder impulsado por una familia ambiciosa y una esposa bella y más ambiciosa todavía, quien llegaba a ser muy querido por su pueblo y es asesinado siendo muy joven y en el ápice de su gloria. Tampoco en este filme se establece quiénes mandaron a matar a Johnny. El musical está interpretado por Andy García, y Gloria Estefan hace de la joven y ambiciosa primera dama, de nombre Jackie. El elenco es inmejorable: Glenn Close hace de Fidel Castro durante la crisis de los misiles; Héctor Alterio está muy bien en el rol de Robert McNamara cuando quería esterilizar a todas las mujeres del Tercer Mundo; y a Lyndon Johnson lo interpreta Palito Ortega cantando La felicidad já-já, jájá; y Ari Onassis, el infeliz millonario al que la ambición ilimitada de Jackie despoja de fortuna y yates, es interpretado por Jorge Porcel.

El papel de la amante de Johnny (que muere misteriosamente en Chappaquidick siendo él Presidente) lo hace Graciela Borges; el de Marilyn Monroe está a cargo —claro— de la mismísima Madonna. Y ambas son, en el filme, dos conocidas ex prostitutas de los alrededores del Smithsonian Center, que cantan a dúo The man I love mientras destruyen una foto de Johnny y Jackie en los jardines de la Casa Blanca. Claro: el filme tiene coreografías excelentes, escenas rodadas en la mismísima Casa Blanca y otras en Roma (por aquello de la magnificencia imperial). La invasión a Cuba está filmada en la Laguna del Iberá y el asesinato de Martin Luther King en la Patagonia. El momento en que Gloria y Andy cantan a dúo la balada Don’t cry for me, George Washington, es memorable. Y el asesinato de Johnny en Dallas (filmado en Río de Janeiro, con fondo de carnaval) es una maravilla de efectos especiales y salsa de tomate. La música es de Lalo Schiffrin y la letra de Isabel Perón...

Bueno, había que verles las caras a los gringos, y las risas nerviosas primero, y el impulso escandalizado enseguida. Cuando terminé de contar esta película hice un silencio mientras pensaba cómo me gustaría que un día se filmara mi musical, y luego les dije dos cosas más: que así de esquemático es el cine y por eso no sirve para narrar ni entender la Historia; y que podía asegurarles que hoy en la Argentina realmente a muy poca gente le interesa discutir la moralidad de Eva Perón. Señal de que en algo hemos crecido, me dije después, optimista, a pesar de que casi nadie aplaudió mi conferencia. Y cuando leí lo del estreno en el Gran Rex y los 50 tipos protestando afuera y el Excelentísimo Señor Vicepresidente de la Nación aconsejando no ver una película, y tuve la certeza de que en la Argentina son por suerte muy pocos los que se alteran más por la película de Parker que por el asesinato de Cabezas, me dije que quizás no estaba demasiado errado.

Y me hundí otra vez en la gélida noche virginiana, silbando Don’t cry for me, Argentina.


Publicado en analítica.com

2 comentarios:

almalaire dijo...

Jo, que ritmo...no doy abasto, Carlos, frena un poco ;)

Un abrazo fuerte, Arjo.

Risk dijo...

"Todo pasa y todo queda", alma. ;)

Un abrazo grande.

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