martes, 22 de febrero de 2011

José Pablo Feinmann - BORGES: EL "POEMA CONJETURAL"





Era parte de esa oligarquía. Sostenía su visión de la historia, señalaba sus linajes en ella (Laprida, dice, es pariente suyo), prefería a Sarmiento antes que a José Hernández y creía que elegir al primero y no al segundo (como cree que se eligió) habría cambiado el destino de la patria: tanto creía en el poder de los libros, odió toda su vida al peronismo, hizo de ese odio una estética, buscó siempre el lugar en que el odio estaba y ahí se puso, escribió, con Bioy, El matadero del peronismo y lo tituló La fiesta del monstruo, dijo, por fin, que los peronistas eran incorregibles. Lo eran tanto como lo era él: su pasión antiperonista sólo podía medirse con la pasión de los peronistas por sí mismos. Los odió tanto como ellos odiaron a la clase social que lo cobijaba y a la que defendió siempre. Expresó, como pocos, la hoy todavía vigente, todavía paralizante, todavía mecanicista, maniquea, toscamente dual, binaria y simplificante contradicción peronismo-antiperonismo. Con todo, en uno de sus poemas, fue más allá de sí mismo, de su ideología, de los códigos de su clase, de su amor por la Civilización alla Sarmiento, de su odio por los gauchos. Un poeta –como todo verdadero artista– se excede a sí mismo. Supera, en su arte, sus limitaciones conceptuales, sus odios ciegos, los condicionamientos lineales de su inserción de clase, los mandatos paternos. O, en el caso que nos ocupa, maternos, porque sólo a Ella solía escuchar y hasta obedecer, a Madre, como Norman Bates. Jorge Luis Borges –de él, se habrá ya advertido, estamos hablando– escribió ese poema que lo llevó más allá de sí mismo, que lo tironeó hacia la más honda comprensión de la patria a la que un argentino haya accedido, al punto exquisito en que la totalidad se constituye, en que la comprensión se conquista, en que el todo se torna traslúcido porque todas las partes confluyen en él, explicándose, en un poema que escribió el 4 de julio de 1943, puntualmente un mes después del golpe de junio, el del GOU, el que abre la senda tumultuosa que el peronismo habrá de transitar.

Se trata del “Poema Conjetural”, que Borges publica en La Nación. Ocupaba la presidencia el general Pedro Pablo Ramírez. Una señora de la misma clase social de Georgie o a la que Georgie deseaba pertenecer aunque sólo fuera como un miembro de escaso patrimonio, con pocos campos, sin estancias ni peones pero sin duda con un deslumbrante talento, la señora María Esther Vázquez, que fue su amiga, entre tantas que tuvo este hombre que les temía a las mujeres pero no podía vivir sin ellas, escribió una especie de biografía en la modalidad entretenida, chispeante, liviana y rencorosa del chisme. En ella, del “Poema Conjetural”, escribe: “Resultó, de un modo misterioso, profético en cuanto a la conducta que asumiría el posterior régimen fascista, encarnado en la figura de Juan Domingo Perón. Perón empezaría a asolar el país meses después, cuando se hizo cargo del Departamento Nacional del Trabajo, transformado en la Secretaría de Trabajo y Previsión, desde donde empezó a desarrollar una tarea demagógica que, entre otras cosas, llevaría al país a décadas de odio. Se puede considerar al ‘Poema Conjetural’ como una pieza ‘política’ en la que se denunciaba un pasado que –Borges no podía imaginarlo– sería una forma de futuro. Tras el advenimiento del peronismo se hizo consciente esta peculiaridad del poema, cada vez más próximo a nosotros, siempre acorde con el ‘destino sudamericano’ de incultura, de barbarie, de befa y de muerte que incluye, por supuesto, a la tristemente conocida época del Proceso, entre 1976 y 1983” (María Esther Vázquez, Borges, esplendor y derrota, Tusquets, Barcelona, 1996, p. 180). Se trata de una muy pobre interpretación del “Poema Conjetural”. María Esther llama “régimen fascista” al gobierno de Perón y, al hacerlo, nos revela el sello que para las clases pudientes –por decirlo así– tenía ese gobierno. “Fascista” expresa también el esquema “aliadófilo” con que se empezó (y se siguió en la mayoría de los casos) interpretando al peronismo. La “tarea” que realiza Perón desde la Secretaría de Trabajo y Previsión es “demagógica”. Y lleva a “décadas de odio”. El problema que plantea el esquema de Vázquez radica en la pobreza de su interpretación de la “barbarie”. O de lo que Borges –y ella lo retoma– llama en su poema su “destino sudamericano”.

Para Vázquez, el “destino sudamericano” expresa la incultura, la barbarie, la befa y la muerte. Su enfoque es cerradamente sarmientino. Cerradamente Sur, la revista donde se concentraba el odio al peronismo y a la “barbarie” del siglo XIX. Es notable que María Esther –en el fondo: una buena señora– extienda “a la tristemente conocida época del Proceso” la presencia del peronismo y de la barbarie gaucha. En septiembre de 1975, en la celebración que todos los años (ignoro si esto sigue ocurriendo) hacían de la Revolución Libertadora quienes habían luchado en ella o sus familiares o sus continuadores, está presente el Almirante Rojas, el mismo que en los noventa se abrazará con el caudillo federal peronista y bárbaro Carlos Menem. En 1975 todo era distinto. Había que alimentar el clima para el golpe militar. Había que liquidar al gobierno de la heredera de Perón, hombre de dejar herencias incómodas y hasta belicosas. Se reúnen, por tanto, los entusiastas de la Libertadora y el acto se lleva a cabo. Hay –coherentemente– vivas a Rojas, a Aramburu y hay también vivas a otro personaje que, si bien no participó de la Libertadora, pareciera haber actualizado su credo en otro septiembre, no un dieciséis sino un once. Repetidamente, a toda voz se grita: “¡Viva Pinochet!” El cronista del diario La Opinión (cualquiera puede verificarlo en la edición del 17 de septiembre del ’75) escribe: “Eso revela lo que le espera al país si esta gente se adueña del poder”. Sí: esa gente se adueñó del poder. El Proceso de Reorganización Nacional se llamó de ese modo por inspirarse en la Organización Nacional que el país emprende después del triunfo de las clases ilustradas en Caseros y de la consolidación de la misma en el ochenta, con Roca conquistando el desierto, eso que, muy acertadamente, David Viñas, para marcar a fuego el genocidio indígena, llama “la segunda conquista de América”.


TIEMPOS INTERESANTES

Conducido por los misteriosos arcángeles de la poesía, Borges supera el odio de su clase, de su grupo de pertenencia, de Madre y de las señoras con que tomaba el té, y entrega la comprensión más honda (o, sin duda, una de ellas) de este indescifrable, fascinante país. (Nota: Digo “fascinante” porque ser argentino es, si no ser chino, padecer la más impecable de sus maldiciones. No hay nada peor que una “tortura china” o una “maldición china”. De las “maldiciones” arriesgo que la más elaborada, sabia, esa que expresa más que todas un añoso y hondo conocimiento de la existencia humana, es la que dice: “Te deseo que vivas tiempos interesantes”. A su autobiografía, Eric Hobsbawm la tituló: Tiempos interesantes. Son los peores. Los que no dan paz ni tregua. Los tiempos del sonido y de la furia. De la muerte. Sostengo que todos o casi todos los tiempos de este país que llamamos “nuestro” han sido interesantes. Que ninguno dio respiro. Que si de “primaveras” se habla uno recuerda dos: la de Cámpora y la de Alfonsín. Luego, el frío de las “crueles provincias”. La estética del degüello. La mazorca federal. Los unitarios de Estomba y de Rauch atando a los enemigos a los cañones y ordenando disparar. La “guerra de policía” de Mitre. La Semana Trágica. La Patagonia Trágica. La Triple A: capucha y zanja. La ESMA: la tortura en tanto “tarea de inteligencia”. Las contraofensivas montoneras que arrojaron a la muerte fácil pero infinitamente despiadada a tantos combatientes que debieron haber hecho otra cosa, ésa que decía Walsh: acompañar el reflujo de masas. Todo esto que desordenadamente digo es para decir que hemos vivido inmersos en una “maldición china”: la de los tiempos interesantes. ¿Por qué uno está escribiendo sobre la historia del peronismo, indagando su filosofía política? ¿Por qué un diario la publica? Porque la historia del peronismo es malditamente interesante. De donde podríamos extraer nuestra primera definición del peronismo: todo él es, como el país, una maldición china. Sigamos.) El poema se plantea como un monólogo interior de Francisco Laprida, “asesinado el día 22 de septiembre de 1829, por los montoneros de Aldao” (Jorge Luis Borges, Obras Completas II, Emecé, Buenos Aires, 1996, p. 245). Es curioso: pero uno no puede sino pensar que todo es todavía más complicado de lo que es. Hoy, cuando los diarios se leen por Internet, imaginemos a cualquier extranjero en cualquier lugar del mundo con un razonable interés por la historia de este país. Luego de leer el párrafo de Borges que cité (ése: que Laprida fue asesinado el 22 de septiembre de 1829 por los montoneros de Aldao) el buen hombre se pregunta: “¿Cómo, los Montoneros ya mataron a un tal Laprida en 1829?” No, a Laprida lo matan los montoneros de Fray Félix Aldao, un “bárbaro” cuya biografía escribirá el “civilizado” Sarmiento, que se desvivía por las vidas azarosas de estos hombres que odiaba. Borges elige al perfecto protagonista que necesita para su poema: Francisco Narciso de Laprida fue quien declaró la independencia de esta patria tramada por los antagonismos. Y el montonero que lo derrota (un ex fraile, a quien también matarán) le entrega, a la vez, una certeza inesperada. Sarmiento, al narrar la muerte de Aldao, dice que alguien le reprocha las desgracias que le propinó a su patria. Y que Aldao responde: “También le di días de gloria”. No podemos saber si uno de ellos fue el que culminó con la muerte de Laprida, pero es probable y hasta más que eso. “La victoria es de los otros”, verifica Laprida en tanto “se dispersan el día y la batalla”. Y añade: “Vencen los bárbaros, los gauchos vencen”. Es el triunfo de la barbarie sobre la inteligencia. El colonialismo siempre se adjudicó el valor de la Razón. En la Argentina, los grandes textos colonialistas fueron escritos por la burguesía ilustrada. El mariscal francés Bougeaud conquistó Argelia y libró batalla contra todos los insurrectos que defendieron su territorio. Su lema fue: “Combatir a la barbarie con la barbarie”. En una de sus acciones quemó vivos a quinientos argelinos. Sarmiento lo admiraba. En sus textos de viajes no dejaba de mencionar su crueldad y su decisión de batir a los bárbaros con sus propios métodos, algo que aquí, también para admiración de Sarmiento, hizo el coronel Ambrosio Sandes. No obstante, aquí no hubo algo similar al general Bougeaud. Se le hizo la guerra a la barbarie con la barbarie, pero el país había declarado su independencia. Es Narciso de Laprida, precisamente, quien lo hace. Al ser el país independiente la tarea de “conquistarlo”, de erradicar a la barbarie, de hacerle la guerra “con la barbarie” cae en los círculos ilustrados, que son los que se ligan a Europa comercial y culturalmente. Nuestro general Bougeaud es Sarmiento, es Mitre, es Roca. O lo fueron los lugartenientes de Mitre que dirigieron y protagonizaron la “guerra de policía” que se les hizo a las provincias después de Pavón: Sandes, Irrazábal, Paunero. Un Edward W. Said, en la Argentina, no tendría que rastrear los textos colonialistas en los escritores del Imperio. Ni en Dickens ni en Jane Austen ni siquiera en la Aída de Verdi. Al ser, desde 1810, un país poscolonial, la Argentina dio a luz a sus propios escritores colonialistas. Seré, por el momento, breve: todos los escritos que justifican la necesariedad de la penetración de la razón europea en el país son textos colonialistas. Esto no es “revisionismo histórico”. Me refiero a otra cosa: la racionalidad europea –la que nace con Descartes y se consolida con la razón iluminista y se fortalece en Nietzsche en tanto voluntad de poder– ha sido puesta en el banquillo de los acusados por la mayoría de las corrientes de la filosofía. O como razón instrumental que se apropia de la naturaleza y lleva ese dominio, luego, al de los hombres. O en tanto sofocamiento de los instintos para crear una cultura del malestar. O en tanto razón que instaura la injusticia de clases. O el colonialismo. O (como dice Heidegger en su célebre párrafo final de La frase de Nietzsche “Dios ha muerto”) como “la más tenaz adversaria del pensar”. O, como en Walter Benjamin, la razón que ha construido una historia de ruinas, una historia-catástrofe ante la que se horroriza el Angelus
Novus. O, como en la Escuela de Frankfurt, la razón capitalista burguesa que lleva de las certezas de la Ilustración a los campos de exterminio.

El Facundo de Sarmiento es el más grande de nuestros textos colonialistas. El más notable y hasta genial esfuerzo para demostrar que la racionalidad europea era el Progreso, la Civilización. Este esquema va a seguir y va a penetrar también a las interpretaciones del peronismo. No queríamos sino dejarlo planteado desde ahora. Desde aquí: en que tenemos a Laprida, el ilustrado, a punto de morir a manos de los bárbaros de Aldao, el montonero. “Yo –piensa Laprida–, que estudié las leyes y los cánones.” El, el hombre de razón, el que representa los intereses de la cultura, que es, desde luego, la cultura de los cánones, de las leyes, huye sin esperanzas hacia el Sur, “por arrabales últimos”. La palabra “arrabal” es anacrónica (no había “arrabales” en 1829) pero plenamente borgeana. Expresa la periferia, lo que se aparta de la civilización. En suma, el Sur. Este territorio es, en Borges, el territorio de la barbarie. Su mejor cuento (es sólo mi opinión) se llama así: “El Sur”. Y la historia es también la de un hombre de la ciudad, un hombre de libros, tal vez el mismo Borges, un hombre llamado Juan Dahlmann que sale de una clínica luego de una larga postración y se dirige hacia el Sur. Entra en un Almacén y lo provocan unos muchachones. Un viejo, que es una cifra del Sur, le hace llegar un puñal, para que pelee. Dahlmann sabe que si agarra el puñal es hombre muerto: está, todavía, débil, no podrá pelear. Vagamente piensa: en la Clínica no habrían permitido que esto me pasara. Sin embargo, agarra el cuchillo y sale a pelear. Va a morir acometiendo y a cielo abierto. Va a morir inmerso en la cultura bravía del Sur. Borges, no tan secretamente como suele suponerse, sino con claridad, con lucidez, amaba el Sur. El Sur era lo Otro. Amaba su Otro. Su Otro lo completaba. No pretendo decir nada original con esto. También podría sugerir unas disculpas por si alguien se incomoda ante la palabra “Otro” escrita así: con mayúscula. Pero necesito desarrollar estos temas. Si la filosofía política que vamos a instrumentar se basa en el antagonismo amigoenemigo acordemos que la palabra “Otro” tiene relevancia. El “amigo” es el Otro del enemigo. El “enemigo” es el Otro del amigo. Volvemos a Laprida: huye hacia el Sur, donde Dahlmann murió de cara al sol y sobre la tierra, en territorio ajeno. “Oigo los cascos/ de mi caliente muerte que me busca/ con jinetes, con belfos y con lanzas”, piensa Laprida. Y su muerte, sabe, está cerca, ya sobre él. “Yo que anhelé ser otro, ser un hombre/ de sentencias, de libros, de dictámenes/ a cielo abierto yaceré entre ciénagas.” Pero algo inesperado sucede: un hecho extraordinario. “Me endiosa –piensa Laprida– un júbilo secreto.” ¿Cuál es? ¿Cuál es el “júbilo secreto” del hombre de libros, de dictámenes? “Al fin me encuentro con mi destino sudamericano.” Como Dahlmann: pelear ahí, en la llanura, con un cuchillero que, sabe, lo matará, completa su figura, entrega densidad a su destino, dibuja su totalidad impensable sin ese duelo. “Al fin –piensa Laprida– he descubierto la recóndita clave de mis años. (...) En el espejo de esta noche alcanzo/ mi insospechado rostro eterno. El círculo/ se va a cerrar. Yo aguardo que así sea. (...) Pisan mis pies las sombras de las lanzas/ que me buscan. Las befas de mi muerte,/ los jinetes, las crines, los caballos,/ se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,/ ya el duro hierro que me raja el pecho,/ el íntimo cuchillo en la garganta”. El “íntimo cuchillo” cierra el círculo. ¿Por qué ese cuchillo es “íntimo”? Porque ese cuchillo es el de la barbarie. Y ese cuchillo lo completa a Laprida. Totaliza su figura de sudamericano. Morir así, a manos de la barbarie, no le hace perder su condición de ilustrado, pero le señala el territorio en que vive: es un sudamericano como los gauchos que lo ultiman. No hay Civilización y Barbarie. Hay una geografía urdida por los cánones y los jinetes, las crines, los caballos. Este hombre culto, este hombre a la europea no es un europeo. Un europeo no muere así. “En arrabales últimos.” El cuchillo es “íntimo” (gran adjetivo borgeano) porque totaliza su identidad. Como hombre de libros y sentencias Laprida era una parcialidad. El cuchillo de la montonera lo entrega a la historia áspera, bárbara del país que habita. El círculo se cierra. Ahora, él, Laprida, es una totalidad, la barbarie ha hendido, ha rasgado con su puñal el pecho del civilizado, haciéndolo suyo.

Como vemos, el Poema conjetural va más lejos del golpe del ’43 y de todas las burdas interpretaciones sobre el antiperonismo de Borges y de su profética visión de la “barbarie peronista”. Civilización y barbarie se diluyen en el poema, son categorías desleídas, moribundas o definitivamente muertas. Nadie ignora que Borges habrá de ejercer luego un apasionado antiperonismo. Aprobará los fusilamientos del ’56. Hará todos los rituales del odio de clase. Pero –aquí– en este poema luminoso, la contradicción que estructura este país se conjura en una totalidad que las contiene a ambas. El Poema conjetural es el aufhebung a la contradicción Civilización/Barbarie. Su totalización superadora. Ser argentino es ser hombre de cánones y hombre de cuchillo y de cielo abierto. Si el cuchillo del montonero le es “íntimo” a Laprida es porque completa su figura. No se es sudamericano sin incluir al otro, al bárbaro, al diferente.

Algo cuya infrecuencia será agobiante. Aún hoy la contradicción está. Cuando la candidata de la Coalición Cívica habla del voto lúcido, ilustrado de los “centros urbanos” y propone marchar al rescate de “nuestros hermanos los pobres” apresados por el clientelismo peronista retrocede a los tiempos de “El Matadero” echeverriano. Sin el talento de Echeverría. El sistema de libremercado –que sigue funcionando– crea una y otra vez, sin cesar, espacios de “barbarie”. El “bárbaro” es el que no pertenece a la centralidad, a la polis, a la civitas. El “bárbaro” es el que está afuera y su verdadera peligrosidad reside en su deseo de “entrar”. La civilización es todo aquello que la barbarie no es. La barbarie es todo aquello que no es la civilización. Si Roma sucumbe ante la barbarie es porque ésta la ha penetrado. No hay mayor amenaza para la civilización que la amenaza de la barbarie. O la civilización elimina la barbarie incluyéndola, es decir, incorporándola a la civilización. O la elimina por medio de la guerra, exterminándola. Actualmente la única medida que parece tomar el Imperio es destruir a los bárbaros, ya que no puede incorporarlos. Pero los bárbaros amenazan doblemente al Imperio: A) Quieren entrar en él. Sobrepoblarlo. Algo que el Imperio vive en el modo de la invasión. B) Los bárbaros atacan al Imperio por medio del terrorismo.

De esto estamos lejos. Volvemos a la sociedad argentina del cuarenta. Ahí, Borges escribe el Poema conjetural. No hay verdadera civilización si no se le entrega la complejidad de la barbarie. Un país como la Argentina tiene dos fuentes, dos brazos, dos rostros que deben fundirse. El rostro final de Laprida no es ni el del bárbaro ni el del civilizado. Tampoco es una suma de los dos. Es la compleja trama que origina una nueva figura: la del hombre sudamericano.


Extraído de Peronismo: Filosofía política de una obstinación argentina, publicado en Página 12.
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